
Un suelo flotante es un sistema en el que la superficie de tránsito está físicamente separada del soporte mediante una cámara técnica, creada gracias a un sistema de soportes o estructuras de apoyo. Esta separación modifica de forma sustancial el comportamiento del pavimento respecto a una colocación tradicional adherida: el revestimiento se vuelve desmontable, el soporte queda protegido y el drenaje del agua se optimiza.
Se trata de una solución que responde a criterios de precisión mecánica, protección del soporte y facilidad de mantenimiento. Los pavimentos elevados se han consolidado como la solución de referencia para suelos técnicos, áreas comerciales y espacios públicos donde el acceso a las instalaciones es prioritario. Posteriormente, han encontrado una amplia aplicación en exteriores, como terrazas, cubiertas planas, plazas, pasarelas y espacios exteriores en general.
Un sistema elevado se compone de tres macroelementos.
La presencia de un espacio entre el acabado y la subestructura es lo que convierte al pavimento elevado en una solución técnicamente superior frente a una colocación adherida, especialmente en exteriores.
Esta cámara técnica:
El suelo flotante no cumple por sí mismo una función impermeabilizante y, por tanto, depende directamente de la calidad de la membrana subyacente, que debe garantizar estanqueidad, pendiente y continuidad.
Una estratigrafía correcta incluye los siguientes elementos:
Uno de los aspectos más estratégicos de los sistemas flotantes es la posibilidad de intervenir sobre pavimentos existentes sin necesidad de retirarlos. En muchas rehabilitaciones, especialmente en terrazas de edificios residenciales u hoteles, demoler el revestimiento existente implicaría elevados costes de gestión de residuos, riesgo de dañar la impermeabilización y tiempos de obra incompatibles con el uso del espacio o la actividad del edificio.
Con un pavimento elevado, si la superficie existente es estable, los soportes pueden colocarse directamente sobre ella, obteniendo un nuevo plano de tránsito conforme a normativa, drenante e inspeccionable.
Un suelo flotante correctamente diseñado puede tener una vida útil de varias décadas sin intervenciones estructurales. Su durabilidad depende principalmente de tres factores:
En entornos urbanos o zonas expuestas a fuertes vientos, es necesario prever sistemas de bloqueo mecánico de las baldosas o aumentar el peso específico del elemento de tránsito para contrarrestar los efectos de succión.

En la última década, el mercado ha experimentado una evolución tecnológica significativa.
El suelo flotante no genera la pendiente. Esta debe estar presente en el soporte sobre el que descansan los soportes regulables, ya que el drenaje del agua de lluvia depende exclusivamente del plano inferior. En ausencia de una pendiente adecuada, pueden producirse acumulaciones de agua bajo las baldosas que, aunque no afectan directamente al acabado, pueden acelerar el deterioro de la membrana de impermeabilización y favorecer la proliferación de algas y moho.
Aunque el suelo flotante es, por naturaleza, inspeccionable, es recomendable establecer un plan de mantenimiento periódico. Al menos una vez al año, se aconseja retirar algunas baldosas en puntos estratégicos para comprobar el estado de la membrana de impermeabilización, limpiar los desagües y verificar la posible acumulación de residuos bajo el pavimento. Esta operación sencilla permite prevenir obstrucciones e infiltraciones, preservando tanto el revestimiento como la estructura subyacente.